Bahidorá: el oro está en la comunidad

Un punto de equilibrio en producción y curadoría artística.

Si bien cada año representa un reto mayor solventar los retos y desafíos que representa llevar a buen puerto un Carnaval de las características del Bahidorá, también éste implica una satisfacción que crece con los años, que no tiene comparación y que queda para aquilatarse cuidadosamente en la memoria de la posteridad.

Este año Bahidorá encontró un punto de equilibrio en cuanto al nivel de su producción y el tino de su curaduría artística se refiere, encontrando un cruce razonado entre el entorno natural de Las Estacas y el manifiesto del ritmo como parte esencial del espíritu del Carnaval. Así, la primera noche a cargo de Fania Records fue el puntero primigenio de una avalancha de buenos momentos, en donde la cohesión de los asistentes fue el ingrediente de oro en todo momento.

Jose Marquez y Sabine Blaizin dieron ese toque percusivo, encontrando la identidad latinoamericana con un contexto contemporáneo sin precedentes. Esas fueron dos potentes alarmas de inicio, pero cuando el enorme Kenny Dope tomó los controles, todo vino a más, sin tregua y de forma deliciosa.

A la mañana siguiente, en la jungla sucedía una fiesta, una calma enmarcada en nado, baile y disfrute, aderezada con una música increíble desde todos los frentes, en donde si bien era complicado asir todos y cada uno de los actos potentes que sucedían dentro de Las Estacas, no era difícil encontrarse con un momento inolvidable de hermandad, baile y sonoridades increíbles.

Desde espacios íntimos como La Estación Pepsi, en donde desde el sábado puso en alto una selección de artistas de primer orden (en especial los de IFÉ, La Dame Blanche, Nathy Peluso, Eptos Uno y Guetto Kumbé), hasta llegar al poderío de Sonorama, uno de los espacios protagónicos que nos regaló los momentos más sublimes en la historia del Bahidorá; ese hilo con Ariel Pink, Mount Kimbie, Kamasi Washington, Shigeto, HVOB y Satori fue la condensación pura del espíritu del Carnaval.

Una cohesión en la narrativa del Carnaval sucedió en esta edición del festival de forma afortunada: los rostros familiares y afables se encontraban con nuevas caras, interactuando ambos en disfrute y zurciendo un hilo invisible que amalgamaba los mejores momentos del Bahidorá, en un marco de música de primer orden. Así fue también el Bunker, el espacio para los amantes más exigentes de la música electrónica, desde muy temprano con actos esperados (Valesuchi, Telephones), hasta ese largo lapsus de beats y baile eterno (el segmento Romare-Axel Boman y E. Dancer fue una muestra de elegancia encarnada en el techno más sólida del mundo).

Música hasta el amanecer para los guerreros de la fiesta, los héroes no dichos del Carnaval; esa pequeña concurrencia que custodió el espíritu comunal del Bahidorá hasta que llegaron los primeros destellos del Carnaval tras sus momentos más álgidos, allá pasadas las tres de la madrugada, para comenzar una bajada deliciosa, cálida y en fraternidad.

Así, el domingo nos recibió con un abrazo reconfortante y de belleza indecible, en especial en La Estación Pepsi, en donde Rita Maia, Awesome Tapes from Africa y Gilles Peterson sellaban el pacto con cerrojo de peso por un frente, mientras en el otro RAMZi, Philipp Fein y Commander Love hacían lo propio en el otro lado.

El Carnaval de Bahidorá 2018 quedará labrado en piedra como una de sus ediciones más logradas; por la cohesión de su equipo, por ese esfuerzo conjunto construido de a poco a lo largo de poco más de un lustro, por el tino fundamental de su propuesta sonora y la magia suprema de su escenario natural, pero sobre todo por el sentido de comunidad, ese que es oro líquido que viaja libre por las aguas de su río y funge como pegamento invisible que une las partes más entrañables de un evento de esta naturaleza. Más años así.

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